Domingo 15 de enero

 

 

2° domingo después de Epifanía

 

El Señor contestó: -Voy a hacer pasar toda mi bondad delante de ti, y delante de ti pronunciaré mi nombre. Tendré misericordia de quien yo quiera, y tendré compasión también de quién yo quiera.

Éxodo 33,19

 

Era como un juego entre niñas en edad escolar, pedir un deseo a la vez que se hacía un nudo en un extremo del pañuelo (de tela, de los que usábamos en aquel entonces) y se repetía que no se desataría hasta que no se cumpliera eso que se deseaba. Los demás detalles no los tengo presentes, sólo la manera caprichosa de querer que las cosas salgan como uno quería. Es algo propio de la infancia, ya que luego los acontecimientos de la vida y la madurez nos enseñan que no siempre las cosas salen como uno quiere.

Cuando oramos a Dios le podemos transmitir todos nuestros deseos, le podemos decir qué está mal en nuestra vida y cómo nos gustaría que fuera. Está muy bien comunicarle a Dios todo lo que nos preocupa.

Lo que este versículo nos recuerda es que no podemos manipular a Dios según nuestro propio deseo, Dios no obra de acuerdo a nuestro capricho, Dios no está a nuestro servicio, no es nuestro empleado. Dios es el Señor de la vida. Él tiene un plan y sigue ese plan que abarca e involucra a toda la humanidad; incluso a toda la Creación.

Por lo tanto, nuestra oración, nuestros pedidos a Dios deben ser hechos con humildad, sin creernos el centro de la existencia. Podemos llegar a Dios con la confianza de ser escuchados y esperar su respuesta, que quizá no sea la que esperamos.

Hace falta mucha madurez, tener mucha seguridad, confianza y fe para orar con las palabras de Jesús: Hágase tu voluntad.

 

Beatriz Gunzelmann

 

Salmo 40,1-11; Isaías 49,1-7; 1 Corintios 1,1-9; Juan 1,29-42; Agenda Evangélica: Éxodo 33,17b–23