Domingo 2 de agosto

 

9º domingo después de Pentecostés, 18º en el año
Entonces mandó a la multitud que se sentara sobre la hierba. Luego tomo en sus manos los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, pronunció la bendición y partió los panes, los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente.
Mateo 14,19

Yo puedo solo dijo Felipe, de dos años, y terminó tirándose la comida encima. Muchas veces los adultos decimos “puedo solo” y creemos que somos capaces de llevarnos el mundo por delante. Cuánta falta de humildad, tanta soberbia y orgullo que no nos permiten darnos cuenta de que la tarea compartida se hace mejor, más llevadera. Se aprende a compartir, a
convivir, a desarrollar el sentido de pertenencia, favorece la comunicación, el compromiso mutuo, aumenta la tolerancia y la paciencia.

Cuando Jesús hizo el milagro de dar de comer a más de cinco mil personas, necesitó la colaboración de sus discípulos para recoger los alimentos que había y, después de la bendición, los repartieran realizando el trabajo unidos. Hoy somos nosotros los convocados a trabajar para el Reino de

Dios porque:
Jesús necesita nuestras manos para darle de comer al que tiene hambre y de beber al que tiene sed. Jesús necesita nuestros brazos para proteger al forastero y abrigar al desnudo.
Jesús necesita nuestros pies para visitar al enfermo y al que está en la cárcel.
Jesús necesita nuestros labios que hablen de su mensaje de amor, esperanza y salvación.
Jesús necesita nuestros ojos para ver las injusticias y luchar por un presente más justo y compasivo.
Jesús necesita nuestro corazón para consolar al sufrido y fortalecer al afligido. Jesús nos convoca a trabajar para un mundo mejor. Amén.

Silvia Bierig
Leccionario Ecuménico: Salmo 145,8-9.14-21; Isaías 55,1-5; Romanos 9,1-5; Mateo 14,13-21
Agenda Evangélica: Salmo 48,2-3a.9-15; Isaías 2,1-5; Mateo 5,13-16; Efesios 5,8b-14; (P) Juan 9,1-7