Domingo 2 de septiembre

 

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15º domingo después de Pentecostés, 22º en el año

Nada que venga de afuera puede contaminar a nadie, lo que contamina a la persona es lo que sale de ella.

Marcos 7,15

Parece tan difícil de entender esta frase de Jesús. Sobre todo en nuestros tiempos en que la contaminación ambiental es una problemática tan actual.

Continuamente recibimos información sobre la contaminación del agua, aire, tierra, alimentos genéticamente modificados, ruidos, etc.

Esto produce enfermedades como alergia, asma, anemia, cólera, cáncer… (podría completar toda la hoja enumerando enfermedades causadas por la contaminación que sufrimos).

Pero -en este caso- no es de la contaminación física de la cual nos habla Jesús, sino de la espiritual. Lo que envenena y enferma es lo que sale del ser humano.

Es el corazón del hombre (muchas veces) la tierra fértil para que nazcan sentimientos y pensamientos, las inmoralidades, el odio, la ambición, la mentira, la soberbia.

¿De qué sirve seguir costumbres que no nos hacen mejores personas? ¿De qué sirve seguir leyes que no nos permiten vivir libremente en la verdad y el amor de Dios? ¿De qué sirve seguir tradiciones que nos alejan del prójimo?

La envidia y la avaricia nos hacen querer cada día más cosas, sin importar a quiénes pisoteamos. La soberbia nos convierte en Herodes sin importar la cabeza de quién entregamos. Somos como Pilatos cuando caemos en la indiferencia y callamos tanta injusticia. Sólo a través de la fe y el amor se puede lograr la pureza del corazón. La fe en Jesús, el que dio su vida por nosotros, y el amor de Dios, el que siempre está dispuesto a perdonarnos.

Señor, ¡purifícame con hisopo, y estaré limpio! ¿Lávame, y estaré más blanco que la nieve! Amén. (Salmo 51,7)

Silvia Noemí Bierig

Salmo 15,1-3.4b-5; Deuteronomio 4,1-8; Santiago 1,16-27;  Marcos 7,1-23;       Agenda Evangélica: Tesalonicenses 1,2–10