Domingo 21 de julio

 

6° domingo después de Pentecostés, 13º en el año

Señor, quiero seguirte, pero primero déjame ir a despedirme de los de mi casa.

Lucas 9,61

Aparentemente eso de seguirle a Jesús no era tan sencillo como ellos se lo habían imaginado. “¡Sí, quiero!”, habían dicho con profunda con-vicción. Pero al poco tiempo se presentaron dudas, quizás temores, o simplemente preguntas. Humanamente bien comprensibles. Ni siquiera se las podemos reprochar. Porque, de alguna manera, son las mismas que también a nosotros nos invaden.

A uno le asusta lo nuevo, lo desconocido. ¿Será que voy a poder encarar algo tan diferente a lo que estaba acostumbrado? A otro le pesan asuntos no resueltos en su vida, experiencias que lo marcaron, conflictos no superados. ¿Será que no debo primero arreglar lo que no está en orden? Y el tercero ama a su familia, está cómodo con su vida, se siente bien. ¿Será que logrará dejarlo todo atrás y comenzar de nuevo?

“¡Quiero seguirte, Jesús! Responder a tu llamado. Serte fiel. Pero hay tantas cosas que me frenan. Hay realidades que se interponen. Hay impulsos que me traicionan.” La decisión de seguirle a Jesús es una decisión seria, existencialmente profunda y con consecuencias irrenunciables. Asumir el compromiso de ser cristiano nos cambia la vida. No alcanza con ir al culto todos los domingos. No alcanza con hacer algunos arreglos cosméticos. No alcanza con ser un poco más solidario, un poco más cordial, un poco menos rencoroso. Comprometernos con el Evangelio de Jesucristo significa dejar atrás la vida en la oscuridad para participar de aquella vida nueva en la luz cuyos parámetros son los valores, los mandatos y la verdad de Dios.

No es sencillo. ¡Pero vale la pena!

Por ti, mi Dios, cantando voy la alegría de ser tu testigo, Señor. (Canto y Fe Nº 275)

Annedore Venhaus

Salmo 16,1-2.5.7-11; 1 Reyes 19,16-21; Gálatas 5,1.13-18; Lucas 9,51-62;

Agenda Evangélica: 1 Corintios 1,18–25