Domingo 24 de junio

5° domingo después de Pentecostés, 12º en el año

Despertaron a Jesús y le dijeron: “¡Maestro! ¿No te importa que nos estemos hundiendo?” Jesús se levantó, increpó al viento y dijo al mar: “¡Calla! ¡Enmudece!” El viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo.

Marcos 4,38-39

Los discípulos están desesperados, ya no pueden manejar la situación y piden ayuda, incluso con reproche. Y la ayuda se presenta. Y ahora sobreviene el estupor: ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? ¿Cómo es esto? Habían pedido ayuda a Jesús, ¿pero sin esperar que la ayuda se hiciera efectiva? ¿No creyeron que el Maestro podría socorrerlos de verdad? Parece que no. Continúan con miedo al punto que Jesús les pregunta, si acaso todavía no tienen fe.

Sí, hermanos y hermanas, en esos discípulos nos reencontramos con nosotros mismos. Nuestras oraciones muchas veces son apenas de medio pelo. Estamos en serios aprietos, quebramos nuestro orgullo y por fin nos dirigimos a Dios. De nuestro entorno ya no podemos esperar ayuda, pero ¿esperamos ayuda del Señor? Él es nuestra “rueda de auxilio”, nuestra última esperanza, decimos. Pero nos cuesta creerlo; somos racionalistas, no creemos en milagros. Oramos, pero nos falta la convicción, la confianza plena en el poder de Dios.

Así la ayuda no puede llegar. No porque el Señor no nos escuche, o esté dormido. No, porque no confiamos en su poder. Por ello continuamos con temores, angustias, depresiones y resignación. Démosle a Dios la oportunidad de ayudarnos y concedámonos a nosotros mismos una oportunidad al recostarnos totalmente en él. Claro que Dios es libre en su voluntad, pero quiere lo mejor para nosotros. Por tanto, su auxilio no siempre vendrá de acuerdo con nuestras expectativas, pero ¡seguro que vendrá!

¡A él sea la gloria por siempre!

Federico Hugo Schäfer

Salmo 107,23-26.28-31; Job 38,1-11; 2 Corintios 5,14-17; Marcos 4,35-41; Agenda Evangélica: 1 Pedro 3,8–15a (15b–17)