Domingo 25 de junio

 

 

3° domingo después de Pentecostés, 12º en el año

Cristo, al morir, murió de una vez para siempre respecto al pecado, pero al vivir vive para Dios. Así también, ustedes considérense muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús.

Romanos 6,10-11

Laura Brooks, de 52 años, madre de dos hijos, no sabía que era una de las tantas personas que cada año tienen sus nombres ingresados en la base de datos del gobierno de Estados Unidos de Norteamérica como personas muertas. Se dio cuenta de ello cuando dejó de recibir la ayuda especial mensual del gobierno y le rechazaban todos los cheques. Al preguntar al banco sobre su situación, le dijeron que cerraron sus cuentas porque ella figuraba como fallecida.

Menudo susto para esta señora. En nuestro pasaje, Pablo nos invita a que muramos también, pero al pecado. Para ello nos invita a que establezcamos una amistad personal con Cristo, en la que lo pongamos como aquel que nos muestra el camino y nosotros podamos seguirlo. Que Jesús pueda ser nuestro Señor.

Entonces, el pecado ya no será nuestro, porque morimos con Cristo y resucitamos con él. Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con Cristo, para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado.” (Romanos 6,6).

No sólo Cristo murió por mí, pero yo morí con él. Esa es mi nueva identificación. Ahora estoy identificado con Cristo. Cristo pagó mi deuda de pecado y rompió el poder del pecado sobre mí. Yo estoy en Cristo e identificado con él, y cualquier cosa que le pase a Cristo ahora me pasa a mí. Cuando él resucitó de entre los muertos, yo resucité con él.

Como cristiano, seguidor de Cristo, tengo ahora la autoridad y el poder de decir no al pecado. Soy libre de elegir y no tener que hacer lo que no quiero hacer. Puedo, de algún modo, ser tan santo como decida, dentro de la inmerecida gracia de Dios.

Fabián Pagel

Salmo 86,1-10, 16-17; Génesis 21,8-21; Romanos 6,1b-11; Mateo 10,24-39; Agenda Evangélica: Mateo 22,1–14

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