Domingo 26 de marzo

 

 

4º domingo de Cuaresma, Laetare

Jesús respondió: «No pecó él, ni tampoco sus padres. Más bien, fue para que las obras de Dios se manifiesten en él.

Juan 9,3

“¿Qué he hecho yo para merecer esto?” “¿Qué culpa tengo que pagar?” “¿Por qué Dios me castiga con esto?”

Preguntas como éstas surgen ante una situación crítica, difícil, de enfermedad, de discapacidad. Ya en los tiempos de Jesús el tema de la enfermedad estaba asociado al castigo. Se creía que si alguien enfermaba o tenía una discapacidad era consecuencia de sus pecados o de los de sus padres. Un destino difícil y duro.

En la historia de hoy, los discípulos se encuentran con un ciego, y le preguntan a Jesús: “¿Por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?”  Jesús les muestra que no es así. La enfermedad no es consecuencia del pecado de nadie. Y aprovecha la oportunidad para mostrar en él la gloria de Dios: le devuelve la vista.

Una persona de mi comunidad tiene tres hijos, dos de ellos son sordos. Frente a todas las preguntas que él y su esposa se han hecho a lo largo de su vida, frente a todas sus crisis, dolores y dificultades, llegaron a testimoniar algo maravilloso. Él me decía: “Yo creo que Dios nos mandó dos hijos sordos porque sabía que podíamos cuidarlos”.

En testimonios como éstos, que requieren de mucho amor, mucha fe y una gran valentía, se demuestra la gloria de Dios y todo lo que él puede hacer por nosotros.

Querido Dios, te damos gracias porque también en las situaciones más difíciles nos permites ver tu gloria y todo lo que puedes hacer por nosotros.

Juan E. Dalinger

Salmo 23; 1 Samuel 16,1-13; Efesios 5,8-14; Juan 9,1-41; Agenda Evangélica: Juan 6,55–65