Domingo 28 de julio

 

7° domingo después de Pentecostés, 14º en el año

Ustedes pónganse en camino. Pero tengan en cuenta que los envío como a corderos en medio de lobos. No lleven bolsa, ni alforja, ni calzado, ni se detengan en camino a saludar a nadie.

Lucas 10,3-4

La vida cotidiana se ha vuelto especialmente demandante; muchas personas se sienten cada día al borde de sus fuerzas. Predomina el cansancio, la insatisfacción; un sentimiento de trabajar con el motor a muchas vueltas. Son frecuentes los casos de ACVs, infartos, hipertensión, depresión, violencia, consumo de sustancias…

Cada persona busca encontrarle la vuelta, gestionar lo que le pasa a través de herramientas como la sicología, el coaching, la atención plena, la meditación. Otros simplemente siguen adelante como pueden. Otros se vuelcan a distintas corrientes de espiritualidad.

La salida al malestar es justamente ponerse en camino, ir al en-cuentro de otras personas, toparnos con las necesidades concretas, con los dolores con rostro y nombre. La peor medicación es el encierro, el engaño de creernos especialmente dañados o enfermos.

Cuando Jesús envía a los discípulos al encuentro de la gente, des-provistos de seguridades materiales, lo hace con el propósito de que se enfoquen en lo esencial, que es el anuncio de que otro tipo de vida es posible. Jesús quiere enseñarles a confiar, a poder descansar en Dios a recibir el refugio necesario en las casas de las familias que los acojan. El aula de la fe es el mundo, el mensaje esencial: ¡el reino de los cielos se ha acercado!

Hoy debemos continuar la misión encontrando fuerzas en la compañía de Dios y su deseo de vida plena y el encuentro con la gente. ¡Para ello es necesario ponernos en camino, reconociendo a los lobos que se empeñan en destruir, atontar, mentir, abusar, matar y que, en algunos casos, habitan dentro de nosotros!

Emmanuel, acompáñanos en el camino del Reino, quédate con nosotros. Amén.

Juan Carlos Wagner

Salmo 66,1-3a.4-7a.16.20; Isaías 66,10-14c; Gálatas 6,14-18; Lucas 10,1-20; Agenda Evangélica: Romanos 6,3–8 (9–11)

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