Domingo 29 de diciembre

 

Aunque las montañas cambien de lugar y los cerros se vengan abajo, mi amor por ti no cambiará ni se vendrá abajo mi pacto de paz. Lo dice el Señor, que se compadece de ti.

Isaías 54,10

¡Que poderosa es esta promesa! ¡Qué fuerte es este compromiso! Dios nos promete amor incondicional, y para siempre. Podemos tener un conocimiento de lo que es el amor: amamos a nuestros padres, hijos, parejas, amigos. Sin embargo, en algún punto fallamos, alguna vez nos venció la impaciencia o el hastío, o la rutina; y sentimos que ese amor es incompleto.

¿Y cómo es el amor de Dios? Sabemos que tenemos todo lo que necesitamos, que él nos provee. Podemos sentir a veces que Dios nos hubiese olvidado porque las cosas no salen como queremos, o no tenemos todo lo que queremos. Pero no es así, Dios nos ama.

Tuve la dicha de conocer algunas personas que viven seguras y confiadas en el amor de Dios. Suelen ser personas mayores, no necesariamente con una vida fácil detrás de sí, a veces con serios problemas económicos o de salud, pero que irradian paz. Tienen la tranquilidad de que el amor de Dios los acompaña, no sólo en esta vida; sino más allá. Ellos agradecen por lo que vivieron y viven, y confían. Ponen todo en manos del Señor, toman lo bueno que les brinda el día a día, y agradecen por ello. Saben que nuestra vida no tiene que ser sólo tristezas, dolores y preocupaciones. Nuestra vida puede ser de gozo, confianza, esperanza. Puede ser una vida positiva y que muestre a nuestros semejantes que vivimos en la seguridad de ese amor total que nos promete Dios.

¡Gracias, Señor, por tu amor!

Beatriz M. Gunzelmann

Salmo 148; Isaías 54,1-10; Isaías 63,7-9; Hebreos 2,10-18; Mateo 2,13-23; Agenda Evangélica Mateo 2,13-18 (19-23)