Domingo 3 de mayo

El pastor llama a cada oveja por su nombre,… y camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.

Juan 10,3

Me gusta que me llamen por mi nombre y me gusta llamar por su nombre a los demás. Es como decir: me acuerdo de vos, me interesas. Es algo muy diferente que decir simplemente: che, vos. El nombre se refiere a identidad, a historia de vida única e irrepetible. Es insoportable que miles y millones de personas en el mundo no gocen de ese mínimo privilegio de ser llamados por su nombre, son masa anónima, números en una estadística.

Me gusta ese Jesús buen pastor que llama a cada oveja por su nombre. Y confío en que Él también conoce el nombre de todos y cada uno de aquellos “sin nombre”, y que sus nombres están escritos en el “libro de la vida” (Lucas 10,20).

Más profundo que recordar y llamar por el nombre a las personas es recordar el sonido de la voz. Esto expresa un conocerse y confiar, experiencias personales y camino recorrido juntos. Nadie puede hacerse pasar por mi madre si no reconozco su voz. Es cierto que hay personas que saben imitar muy bien la voz de otros y engañar a los desprevenidos. Pero en el momento de referir a una historia personal quedan al descubierto.

Jesús es el buen pastor del rebaño, pero también lo es para cada uno personalmente. Nos habla en comunidad, y eso es bien importante porque nos preserva de confundir Su voz con otras voces. Y en una atención personalizada va construyendo con y en nosotros una historia singular e irrepetible. Seguir la voz del buen pastor no significa que todos los problemas estén solucionados. Significa tener al lado a Él que ayuda a sobrellevar esos problemas.

Karin Krug