Domingo 4 de agosto

 

8º domingo después de Pentecostés, 15º en el año

El que se compadeció de él – contestó el experto en la ley. –Anda entonces y haz tú lo mismo – concluyó Jesús.

Lucas 10,37

Que la paz de Dios esté con cada uno de ustedes.

El maestro de la ley preguntó y Jesús le contestó con una pregunta. A la cual interpela al mismo maestro de la ley acerca de sus prejuicios sobre el samaritano y el hombre caído, golpeado, casi moribundo.

Ponerse en el zapato del otro es la imagen tal vez más fresca de esta situación. Mirar al caído, pensando, qué pasaría si fuera yo el que estuviera en esa situación. Pero creo que no se trata de pensar en que sólo lo hago por si acaso, o por esperar retribución de mi ayuda, o por caridad. Sino que, por el tener empatía. Que es, ponerse en la situación del otro, esa situación que me hace pensar y reflexionar sobre la vida, sobre la situación de dolor o sufrimiento de una o más personas, y me moviliza.

Para Jesús era sumamente importante hacerle ver al maestro de la ley una manera de mirar al prójimo, partiendo de la idea de una necesidad de esa empatía, con la cual se pueden restablecer vínculos con Dios y todo lo creado, sobre todo con el prójimo. Este objetivo de Jesús está centrado en la dignidad de todo ser vivo, y desde allí contar con la base para una sociedad más sana y con derechos. Este hombre caído tiene el derecho de ser atendido y de que sea cuidado porque es digno de la creación de Dios.

Así también cada uno de nosotros somos dignos a partir de la creación de Dios, siendo todos sujetos de derechos, y esos derechos no de-ben nunca sobrepasar los de los demás. Creo que es una forma de pensar nuestro mundo en pos de construir una sociedad digna e inclusiva.

Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona. Jesús soportó la cruz, sin hacer caso de lo ver-gonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se sentó a la derecha del trono de Dios. (Hebreos 12,2)

Carlos Kozel