Domingo 4 de febrero

 

 

5º domingo después de Epifanía

La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre. Se lo dijeron a Jesús, y él se acercó, y tomándola de la mano la levantó; al momento se le quitó la fiebre y comenzó a atenderlos.

Marcos 1,30-31

En muchos textos bíblicos está asociada la enfermedad a la presencia de demonios. Es más, hay textos donde es difícil discernir si se trata de una enfermedad o de una posesión demoníaca. La realidad es que en la época de Jesús, con los pocos conocimientos médicos que existían, muchas enfermedades eran interpretadas como presencias demoníacas.

Por ejemplo, hoy en día sabemos de la epilepsia; pero en la época de Jesús un ataque epiléptico era interpretado como una posesión de demonios.

En la actualidad, los avances tecnológicos y los avances en la medicina nos permiten comprender de una manera mucho más profunda el funcionamiento del cuerpo humano, y las causas de las enfermedades.

Sin embargo, una y otra vez observo que esta vinculación entre los demonios y las enfermedades continúa existiendo. Quizás no de la manera en que son descriptas en los textos bíblicos, pero sin lugar a dudas los demonios del odio, de la falta de perdón, del rencor y de la envidia producen enfermedades en las personas. Cada vez más los científicos demuestran la íntima conexión que existe entre nuestro bienestar físico y nuestro bienestar espiritual. Una persona que está llena de odios y rencores a la larga terminará también afectada físicamente por estos “demonios”. Por esa razón, también hoy día podemos reconocer que Jesús sana a las personas y también expulsa demonios.

Dios, entre tus manos, quiero yo habitar, sé que me proteges y allí estás. Te busco, te espero, me quieres hablar: ¡sana mi alma, cerca de mí está! (Canto y Fe N°224)

Sonia Skupch

Salmo 147,1-6; Job 7,1-11; 1 Corintios 9,13-23; Marcos 1,29-39; Agenda Evangélica: 2 Corintios (11,18.23b–30) 12,1–10