Domingo 7 de octubre

 

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20º domingo después de Pentecostés, 27º en el año

Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos.

Marcos 10,14

No hace tanto tiempo que en la sociedad se comprendió que existe tal cosa como la infancia. Hace unos 200 años los niños eran vistos simplemente como adultos pequeños, adultos que debían ayudar y contribuir en todo sentido en el apoyo de la familia. En contraste, actualmente nos sorprende cuando algunos sectores de la sociedad, aunque minoritarios, niegan a sus niños los más elementales derechos humanos, derecho a tener mamá y papá, derecho a ser respetados, derecho a ser alimentados, derecho a ser educados. Tal vez, en las grandes ciudades un ejemplo visible es el de los niños cartoneros. Es decir, el que haya niños trabajadores (castigados por la pobreza e ignorancia) que no pueden disfrutar de su niñez, es posible porque nuestras sociedades no reconocen su dignidad y miran para otro lado.

Está científicamente comprobado que un bebé que en los primeros dos a cinco años de vida tiene mala alimentación o pasa hambre, no va a desarrollar su cerebro y sistema nervioso. Y aunque después en su vida de niño y adulto se alimente bien, nunca va a recuperar su pleno potencial.

Cuando Jesús afirma que en los niños se hace presente el reino de Dios, plantea en su tiempo un mensaje profundamente revolucionario. Debemos recuperar la dimensión de este desafío, para nuestro tiempo, nuestras iglesias. Acudamos en auxilio de los niños, no sólo para enseñarles las historias bíblicas en la Escuela Dominical, sino para nosotros, los adultos, aprender que en ellos se concreta el amor de Jesús. Acompañemos los centros de atención temprana de la desnutrición infantil.

Bruno Knoblauch

Salmo 128,1-6; Génesis 2,18-24; Hebreos 2,9-11; Marcos 10,1-16; Agenda Evangélica: Santiago 5,13-16