El movimiento de la Reforma

Reducir la Reforma a una fecha y a una persona sería empobrecer la magnitud y profundidad del concepto. Los datos históricos nos muestran que este movimiento que tiene como objetivo la transformación tanto de la cabeza como la de los miembros del cuerpo de la iglesia, comienza mucho tiempo antes del 31 de octubre de 1517 y tiene como testigos -entre los que el nombre de Martín Lutero es uno más- una larga, diversa y representativa lista.

Asimismo, limitar el comienzo de este proceso a una determinada área geográfica es –igualmente- una forma de empobrecer el concepto de Reforma. Varios concilios previos al 1517 tuvieron el objetivo de llevar a cabo esos cambios que podrían devolver a la comunidad cristiana la frescura inicial, pero lamentablemente vieron que sus resoluciones quedaban como un camino lleno de buenas intenciones pero no lograban su objetivo. La iglesia se encontraba en un debate intenso entre quienes colocaban a los concilios como el espacio privilegiado de gobierno y el logro de consensos teológicos y pastorales frente a quienes, con la intención de proteger la unidad de pensamiento, pensaban que el camino pasaba por la concentración del espacio de decisiones en la persona del obispo de Roma.

También sería un error hablar de una “contrarreforma” cuando en realidad tenemos que hablar simultáneamente de una reforma protestante y una reforma católica. Ambas son aspectos de un mismo ideal de reformar la forma de comprender la iglesia. Junto y no frente a la Reforma protestante tenemos también la reforma católica con nombres muy destacados. En España todo el proceso de los “descalzos” es parte de ese movimiento y la figura, tanto de Pedro de Alcántara junto con todo el movimiento franciscano como la figura de una mujer fuerte como Teresa de Jesús, son parte de ese movimiento llamado -en general- Reforma.

En América Latina también aparecen figuras que llevan a cabo ese proceso de renovación y refundación de la comunidad cristiana. Como ejemplo de esos aires de Reforma, es importante rescatar para las iglesias que se reconocen como parte del movimiento de la Reforma una figura como la de Toribio de Mogrovejo, que desde el Arzobispado de Lima -y con grandes disgustos de los espacios de poder político y aún religioso- trabajó para acercar la fe, los derechos humanos y la inclusión radical de todas las poblaciones excluidas y marginadas por el sistema de poder económico y cultural. Asimismo, la larga lista de los archivos de la Inquisición en nuestro continente -al igual que los de España- nos muestran la cantidad de mártires y testigos de ese movimiento con sed de Reforma, tanto en su jerarquía como en sus prácticas pastorales. Esta larga lista de testigos de la fe tiene que renovar nuestro compromiso -aquí y ahora- de continuar reformando nuestras comunidades para que sean cada día más fieles al proyecto y voluntad de Aquel que se hizo libertad para que todas y todos vivamos en libertad abundante.

El limitar el concepto de la Reforma a una persona y a un día nos puede hacer caer en la tentación de sacralizar estructuras mentales y teológicas, cerrando la posibilidad de un proceso dinámico, constante y actual. Todas las ortodoxias que quisieron fijar este proceso en un día y una persona terminaron empobreciendo el proceso de la Reforma, que tiene necesariamente que continuar abierto en todos sus aspectos, y llevarlo más allá de todas las fronteras que nuestros temores y necesidades de seguridad quieren levantar para dividir y aislar.

El proceso de la reforma es un intento siempre renovado de vivir el escándalo del Evangelio que todo lo transforma para incluirlo en una gran comunidad de hermanos y hermanas, donde nada ni nadie queda excluido.

Retomando una y otra vez el espíritu plasmado en la Confesión de Augsburgo, se nos hace necesario encarnar la provisionalidad de las divisiones actuales. No somos una iglesia ecuménica por oportunismo político o por necesidad social, sino que la voluntad de unidad forma parte del núcleo del movimiento de la Reforma, por ello no podemos dejar de lado a la diversidad de formas, personas y actores de este proceso, siempre abierto, siempre desafiante. Es interesante considerar las notas al pie de página de cada uno de los artículos de la Confesión de Augsburgo, que se apoya en los grandes momentos de consenso dentro de la comunidad de fe. Las citas de los diversos concilios se repiten una y otra vez. Asimismo, es llamativo cómo se llama en apoyo de sus principales afirmaciones a las autoridades teológicas y de santidad de vida, a quienes la recepción comunitaria aceptaba sin mayores debates. El nombre de san Agustín, Ambrosio, Jerónimo, Bernardo y otros se repiten una y otra vez como testigos y apoyo de cada una de las afirmaciones de fe. Esos nombres y su pensamiento forman parte del pensamiento de la Reforma. Es por ello, porque se piensa en esos contextos de debate, que una serie de afirmaciones no son puestas en debate.

El proceso de la Reforma, que en un primer momento es profundamente pastoral -tal como lo muestran las 95 Tesis de Martín Lutero- es un proceso de revisión de toda esa tradición, sin renunciar ni olvidar pero sí de adaptar a nuevas situaciones y desafíos.

El movimiento de la Reforma no es un movimiento de ruptura, sino -muy por el contrario- de continuidad. Puede parecer asombroso, pero las 95 Tesis con las que comienza la Reforma protestante, muestra que en realidad es el Obispo de Roma el que ha introducido novedades sin consenso y es ese tema el que se quiere debatir y que aún hoy es tarea pendiente. Esta autocomprensión de la Reforma protestante de ser una continuidad y adaptación de la gran tradición es el fundamento que nos lleva a afirmar, una y otra vez, que nunca fue la intención crear una nueva iglesia o dividir dolorosamente la comunión. Porque el movimiento de la Reforma protestante se considera a sí mismo como parte de la iglesia que siempre será “una, santa, apostólica y católica”, provisoriamente no romana. De este concepto nace nuestra vocación ecuménica, sostenida tanto a tiempo como a destiempo.

El movimiento de la Reforma protestante tal como se refleja en las 95 Tesis de debate de Martín Lutero tiene un comienzo a partir de una preocupación netamente pastoral y social frente a la situación de pobreza y explotación del pueblo. Pero poco a poco descubre que esa preocupación pastoral y social no puede quedar aislada de una renovación teológica que, ubicada en una hermenéutica fundada en la sola fe en la única y sola gracia proclamada y vivida solamente por Jesús de Nazaret -proclamado como el Cristo del Dios del Reino y revelado sólo en las Escrituras- es un grito de unidad y de inclusividad sorprendente.

Pastor Lisandro Orlov.
Iglesia Evangélica Luterana Unida. Buenos Aires, Argentina. 

 

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