Jueves 10 de agosto

 

 

Siempre he procurado servir a Dios con todo mi corazón, tal como todos ustedes lo hacen hoy día… ‘El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y para que veas al que es justo y oigas su voz de sus propios labios. 

Hechos 22,3.14

Ayer fui a visitar una persona en una clínica que me contaba que, en un momento en que ella sentía que “se iba”, tuvo un encuentro personal con Jesús.

Siempre me gustó escuchar ese tipo de experiencias porque la consecuencia inmediata es un cambio profundo en la vida de quien experimenta semejante encuentro. Debo admitir que a veces me sorprendo teniéndole envidia a estas personas, ya que quisiera experimentar el mismo cambio en mi vida…

¿Creer? ¿No creer? No se trata de eso. Cierta vez, una de esas personas me dijo: “-Yo no sé por qué la gente no me cree cuando digo que vi a Jesús”. Y hasta a veces, para esas personas, la alegría de haber visto a Jesús se transforma en una carga pesada, por la incomprensión y, a veces, hasta la burla de los demás.

Pablo nos dice que antes de haber conocido a Cristo personalmente, él procuraba servir a Dios de la manera que conocía, así como lo había aprendido de su maestro. Era discípulo de Gamaliel, un reconocido y prestigioso rabino de la época.

Pero ahora es diferente, aunque no reniega de su pasado, de su filiación. Algo cambió en su vida y ese algo lo obliga a pensar y actuar diferente. Ese alguien es Jesucristo, aquel a quien hasta antes de esa experiencia perseguía y maldecía.

En las iglesias cristianas hay muchos enfoques y puntos de vista. Una de las causas tiene que ver con que “interpretamos” lo que nos parece que dijo Jesús y nos queremos diferenciar de otros.  

Los cristianos deberíamos aprender de esta historia de Pablo. Cada uno tiene su experiencia de vida con Jesucristo. Eso no nos hace diferentes. El testimonio de uno puede enriquecer el de otro. No por ser diferente tengo que abrir una nueva iglesia.

Quizá nos falten más experiencias personales de encuentro cara a cara con Jesús. Él está ansioso de manifestarse en la vida de cada uno de nosotros.

Pablo Münter

Hechos 22,1-21