Jueves 10 de enero

 

El Señor le preguntó a Caín: – ¿Dónde está tu hermano Abel?, y Caín contestó: – No lo sé. ¿Acaso es mi obligación cuidar de él?

Génesis 4,9

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Asesinan de varios disparos a una luchadora social, líder feminista afroamericana en Brasil. Un adolescente roba un celular, y lo matan a golpes los vecinos. Matan por la espalda a un joven de comunidades originarias. La muerte de mujeres y niños asesinados a golpes o de otras maneras por sus parejas o padres está a la orden del día. Bom-bardeos y violencia en diversas partes del mundo. El hambre es un problema mundial. El cambio climático avanza de manera imparable y los gobiernos parecen no tomar nota.

Estas y otras noticias igualmente alarmantes y trágicas son las que aparecen en la prensa oral y escrita, en el tiempo en que escribimos estas meditaciones.

Pero nosotros no somos afroamericanos, ni adolescentes ladrones. No tenemos nada que ver con la violencia de la guerra, ni siquiera con la familiar. No somos de comunidades originarias, y del cambio climático no tenemos la culpa.

¿Será que la pregunta de Dios a Caín tiene algo que ver con no-sotros? ¿Tengo la obligación de pensar estos temas como propios? ¿Tengo la obligación de cuidar de mis hermanos y hermanas?

El seguidor de Jesús debe salirse del individualismo, comprome-terse con la dura realidad que está llevando a la creación toda a la de-strucción y dentro de ese contexto cada uno es mi hermano y hermana. Recordando las palabras de Mateo 25 debo ocuparme de cada ser que pasa a mi lado.

Dice una canción que hemos cantado muchas veces: ¿Dónde está tu hermano, dónde está tu hermana? ¿Dónde están nuestros herma-nos, dónde están? Allí están y tienen frio, allí están y tienen hambre, luchan por vivir…

Doris Arduin y Germán Zijlstra

 

Génesis 4,1-16