Jueves 15 de noviembre

 

El ángel me mostró un río limpio, de agua de vida. Era claro como el cristal y salía del trono de dios y del Cordero.

Apocalipsis 22,1

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Tengo frente a mí un vaso de agua limpia, necesaria y vital para el equilibrio del cuerpo. El agua es vida, y hay que valorarla. Cosa que no siempre ocurre. Como humanidad no estamos valorando ese recurso esencial que es el agua. Basta recorrer los ríos, los arroyos, aun los océanos;  todo está siendo llenado de basura y de otros contaminantes que, aunque no se ven claramente como las botellas de plástico, se perciben por sus efectos. Mueren las plantas y los peces, se muere el río o el arroyo. Se muere su entorno. A la corta o a la larga, también moriremos nosotros y los que vienen después si no hacemos algo por cambiar esa realidad. La visión del texto de hoy es sugestiva e inspiradora para nosotros. Un río limpio, de agua de vida, brotaba del trono de Dios y del Cordero. Agua que limpia, que corre y resplandece como el cristal. Agua sin basuras, sin contaminantes, sin agentes corrosivos. Agua de vida.

Es todo un símbolo de la acción de Dios en medio nuestro; es la acción de Jesucristo metiéndose en la humanidad para darle vida nueva y abundante. Pero es también inspiradora para nosotros. Es para que podamos sentirnos, cada creyente, un agente de ese río que transforma y renueva la vida. Nuestras vidas están llamadas a ser de transformación. En todo, y empezar por el agua no está nada mal. A cuidarla, valorarla y agradecerla. Eso implica también luchar contra todo mal uso y todo abuso del agua. Contra toda contaminación, en pequeña o en gran escala. Porque es buena y maravillosa la creación de Dios, y nosotros somos responsables de cuidarla.

Tu amor será cual fuente sin igual de agua pura en raudal que toda sed calmará.

(A agua. Simei Monteiro – Albete Correia)

Marcelo Nicolau

Apocalipsis 22,1-5