Jueves 16 de enero

 

Después Jesús subió a un cerro, y llamó a los que le pareció bien. Una vez reunidos, eligió de entre ellos a doce, para que lo acompañaran y para mandarlos a anunciar el mensaje. A éstos les dio el nombre de apóstoles.

Marcos 3,13-14

En un cerro Jesús llama a aquellos discípulos para volverlos apóstoles. De alumnos a ayudantes, de una actitud quizás de escucha pasiva a una de proclamación activa. “Subió a un cerro” dice Marcos. “Se fue a un cerro a orar y pasó la noche orando”, dice Lucas al narrar el episodio de este llamado. En ninguno de los casos se da el nombre del monte ni ninguna otra precisión que lo identifique, pero que sea en un monte es significativo. En la tradición judaica el monte es el lugar de encuentro del cielo con la tierra, allí donde una persona se encuentra con Dios y recibe de él una revelación. El Monte Sinaí es el lugar en el que Moisés, sus más estrechos colaboradores y setenta ancianos se encontraron con Dios (Éxodo 24,9-11). Análogamente en este pasaje Jesús llama a los colaboradores más estrechos a unirse a él para ir a al monte.

El cerro es señal de búsqueda de Dios para la toma de las decisiones importantes. Jesús llama a quien “le pareció bien”, dice esta traducción, pero ese parecer no es caprichoso, es meditado y orado en la mayor cercanía con Dios. Él es el dueño de la vocación.

“Pidan al dueño de la cosecha para que mande obreros a recogerla”

dice Jesús (Mateo 9:38). Y en esa dirección está este relato.

En nuestras comunidades es necesario descubrir los dones que el Señor ha distribuido, alentarlos, llamarlos, comprometerlos; tareas no sencillas pero imprescindibles. Debemos llamar apoyados en la oración que busca de escuchar y comprender la voluntad de Dios. Nuestro llamado no es a colaboradores nuestros, es a personas que deben volverse anunciadoras del Evangelio de Cristo.

Oscar Geymonat

Marcos 3,13-19