Jueves 2 de febrero

 

 

Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entran vean la luz. Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz.

Lucas 8,16-17

Días pasados se cortó la luz.

Estamos tan acostumbrados a la electricidad y sus beneficios, a tenerla en todo momento que sólo percibimos su importancia cuando de pronto falta.

Simplemente se cortó. Quedamos todos paralizados. Primero nadie se aventuró a moverse en la oscuridad total, pues nadie  guardaba recuerdo de cómo estaban dispuestas las cosas antes del corte. Fue tan sorpresivo que no hubo tiempo de nada. No voy a entrar en detalles…pero se tardó unos segundos (parecidos a una eternidad) y se escuchó una voz desde la oscuridad…”Dale, te toca a vos buscar los fósforos en la oscuridad”… ” ¿Yo?, ¿por qué otra vez yo?” Hasta que hubo un voluntario que dijo, “voy”. Después de unos ruidos de tumbos y tanteos se prendió en medio de la oscuridad la muy pequeña luz del fósforo. Era como la salida del sol. La gran oscuridad se había hecho a un lado. No era mucho, pero era todo. Pronto esa pequeña luz se propagó a una vela y contagió a otras, y se hizo la luz…No, no volvió la electricidad, simplemente se hizo la luz. Nos quedamos contemplando esa propagación. Cada vela tenía vida propia, más fuerte o más débil, pero entre todas iluminaban con creces el espacio. Y lo más hermoso: la luz tenía movimiento, se movía en el espacio, especialmente con la brisa que entraba por la ventana (de la que no sabemos de dónde viene y hacia dónde va).

Toda esa experiencia tan cercana al texto bíblico se borró en un solo instante, cuando regresó la electricidad y volvimos a la cotidianeidad del mundo moderno, que a veces pone distancia entre nuestras vidas y la sabiduría que proviene desde la Biblia.

Norberto Rasch

Lucas 8,16-21