Jueves 20 de junio

 

Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión, pero Jehová es quien pesa los espíritus.

Proverbios 16,2

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Una de las cosas que nos toca a diario es hacer, pensar o decir lo que es correcto. En general somos nosotros mismos y mediante nuestra conciencia quienes revisamos y juzgamos nuestros caminos: los realizados y los que hemos de tomar. Pareciera que este sería el modo más frecuente de hacerlo y el más recomendable. Sin embargo, esto presenta una dificultad y está en que la opinión sobre nuestras propias decisiones no puede ser –o rara vez es– imparcial. Más bien solemos inclinar la balanza a nuestro favor, somos por naturaleza complacientes con nosotros mismos, nos vemos justos y limpios cuando la realidad puede ser bien diferente.

Otra actitud podría ser, a veces mezclada con la anterior, la de permitir que los demás juzguen “nuestros caminos”. Muchas veces nos exponemos voluntariamente a esto y nuestra preocupación mayor termina siendo la de cómo me juzgan en casa, en el trabajo o entre mis vecinos. Si acaso algunos, con la necesaria confianza, nos dan a entender su opinión, puede que sean tan diversas como puntos de vista tenemos las personas. Así que, con eso podemos terminar bastante confundidos sin saber bien qué hacer o cómo actuar para recibir aprobación de los demás. Difícil.

Otra posibilidad es la de permitir a Dios que juzgue, que ponga en su balanza nuestra vida, los caminos realizados y los que deseamos tomar. Podríamos pensar que hacer tal cosa es lo más difícil; sin embargo, es todo lo contrario, ya que, entre mi propio juicio, probable-mente muy condicionado, y el de los demás, tantas veces contradictorio, tengo la última palabra de parte de aquel que puede juzgarnos con plena autoridad, pero también con amor y misericordia.

Oh, Dios eterno tu misericordia ni una sombra de duda tendrá; tu compasión y bondad nunca fallan y por los siglos el mismo serás. (Canto y Fe Nº 263)

Delcio Källsten

Proverbios 16,1-9