Jueves 21 de febrero

 

Ahora pregunto: ¿Será que Dios ha rechazado a su pueblo? ¡Claro que no! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abraham y de la tribu de Benjamín.

Romanos 11,1

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Donde sea que interactúe un grupo de personas, es interesante observar las relaciones que se tejen entre ellas. Están los que buscan llamar la atención y los que tratan de pasar desapercibidos. Los que quieren conformar a los demás y alegrar al que tienen al lado. Están los pacientes y los ansiosos. También aquellos que hacen lo imposible para ser aceptados y queridos. Es que a nadie le gusta ser rechazado y dejado de lado.

“¿Será que Dios ha rechazado a su pueblo?”

En el capítulo 11 de la carta de Pablo a los Romanos, este tema es considerado, entre otros: el remanente de Israel hallando la salvación, en sectores del pueblo enceguecido, las razones para dejar a un lado la nación de Israel, su restauración, el propósito futuro de Dios con Israel. Rechazar. ¡Cómo moviliza esta expresión! De inmediato Pablo desmiente con énfasis que Israel deje de ser pueblo de Dios. ¡Si su propia persona es un ejemplo!, pues él es israelita y creyente, dispuesto a llevar a todos la palabra de Dios. Israel sigue siendo el pueblo de Dios. Él lo ha elegido en amor. No lo ha abandonado. Aún hay un remanente. En el tiempo de los apóstoles había muchos judíos que creían en Jesús, su Señor. Dieron la bienvenida a Dios en sus corazones.

La salvación no depende del ser humano, sino de la gracia de Dios que obra en él. No busquemos consejos en sitios equivocados. Consultemos con Dios aquellas necesidades que tenemos. Confiemos en su bondad. La fe en él hará que lo que nuestros ojos no llegan a vislumbrar, sea comprendido por nuestro corazón, aunque esté colocado más allá del horizonte.

Oremos para que, en momentos de confusión que oscurezcan nuestro espíritu y ante diversas voces que nos desorienten, escuchemos la voz de Dios y nuestros corazones no se endurezcan.

Magdalena Krienke de Lorek

Romanos 11,1-10