Jueves 24 de mayo

 

 

Sabemos que el Señor ha dicho también: “A mí me corresponde hacer justicia; yo pagaré”. Y ha dicho también: “El Señor juzgará a su pueblo.”

Hebreos 10,30

¿Cuántas situaciones cotidianas en nuestras vidas personales; cuántas decisiones tomadas nos oprimen porque parecen determinantes o definitivas para el futuro? ¿Cuánta conjunción política y económica en nuestros países parecía inamovible, y en la creencia de los dirigentes que ostentaban el poder y sus seguidores, como un “reino para siempre”? Sin embargo, en el transcurso de los días y los tiempos, también esas situaciones personales, sociales y de poder, se transformaron, cambian y nos liberan del miedo y del desánimo. Dios nos da fuerzas y sabiduría para reaccionar y cambiar lo que podemos; lo demás cambia solo, porque nada humano es definitivo.

Hoy nos enteramos que solamente la burla al Crucificado, el desprecio a su amor y los insultos al Espíritu Santo, provocan una situación sin retorno: el juicio y castigo definitivo de nuestro Dios. No podemos adelantarlo nosotros, sino confiar plenamente, que todos aquellos que desprecian a Dios en sus criaturas y su creación, con su burla, violencia y siembra de desolación y muerte, deberán presentarse ante el juicio del Señor de la Vida. Pero eso vale también para “su pueblo”, nosotros los cristianos, cuando tibios, con respecto a la invitación y ofrecimiento de la salvación de Dios,  recorremos los días de nuestra vida ocupándonos solamente de nosotros mismos, nuestro bienestar y disfrutar.

De que todos deben presentarse ante el tribunal de Dios, nos da paz, sabemos que no hay nada definitivo en esta tierra, y nos permite no desesperar sino depositar la confianza solamente en Dios.

Nada te turbe, nada te espante. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta. (Canto y Fe Nº 430)

Everardo Stephan

Hebreos 10,26-31