Jueves 29 de agosto

 

Cultiven bien un árbol, y tendrán buen fruto; cultívenlo mal, y tendrán mal fruto, pues el árbol se conoce por su fruto.

Mateo 12,33

Jesús dice: “Cultívenlo bien, el árbol se conoce por sus frutos”. De este modo hace una afirmación importante: a las personas se las conoce por sus acciones, sus obras, más que por sus dichos o palabras. Por eso, quienes los rechazan, se oponen, acusan y ca-lumnian, por estas obras están demostrando que están totalmente cerrados a la acción de Dios, del Espíritu (la blasfemia contra el Espíritu Santo, v. 31).

Jesús va a ir más allá. Claro que al árbol se lo conoce por sus frutos y a las personas por sus obras, pero, ¿de dónde salen las obras?, ¡del corazón, del interior de cada ser humano! Si tenemos un corazón bueno, nuestras obras serán buenas; si tenemos un corazón malo o torcido, nuestras obras serán torcidas… Si nuestro corazón está herido, nuestras acciones estarán llenas de amargura y rabia; si nuestro corazón está pacificado, nuestras acciones serán portadoras de paz… Por eso, Jesús nos llama a tener un corazón bueno, un corazón sano.

Pero, ¿que implica tener un corazón limpio? Porque no se trata de hacer cosas de corazón o, como dicen muchos, de actuar con-forme a la conciencia, pues la experiencia en la vida da que mu-chas personas, precisamente en coherencia con su conciencia, han hecho verdaderas barbaridades. El caso más extremo es asesinar por causa de una ideología. Se trata, por tanto, de tener un corazón recto, un corazón que sintonice con el proyecto y el reino de Dios, un corazón abierto a su palabra.

“Los que hacen el bien viven para siempre en los corazones de las personas ayudadas”.

Mario Gonzales

Mateo 12,33-37