Jueves 30 de mayo

 

Ustedes son testigos de estas cosas.

Lucas 24,48

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¿Lo soy, Señor? ¿Soy en verdad testigo? ¿Testigo de qué, Señor? ¿De qué cosas debo serlo? Testigo del descanso de la noche, del lecho donde reposó mi cuerpo. ¿Y si no lo tengo, Señor? Testigo del acto generoso de mi hermano, de mi hermana, que abren la puerta de su casa para darme cobijo. Testigo de la mañana que abres a mi mirada y me regalas cada día. Del plato de comida sobre la mesa, o la mano extendida que me es ofrecida para compartir el pan en el camino de la vida. ¿Y si no tengo esa mirada o esa mano extendida? Testigo de tu promesa, Señor, la de estar conmigo en cada instante, en todo lugar. No te dejaré huérfano, dices, y yo descanso mi con-fianza en esa promesa.

Por eso, Señor, ¡quiero ser tu testigo! Porque aún en mis noches más obscuras, tú has hecho posible una luz que permita iluminar mis pasos. Porque aún desahuciado en una cama de hospital, o en una camilla de terapia, o próximo al tránsito hacia el misterio, sé, Señor, de tu profundo amor y misericordia. Porque, así como levantaste a tus discípulos y amigas como testigos fieles de lo que junto a ti habían vivido, así también hoy nos levantas a nosotras, a nosotros como fieles testigos de lo nuevo y verdadero.

Testigos de que, al igual que ayer, aún hoy sigues transformando vidas, cambiando corazones, contagiando esperanza. Testigos de que es posible la bienaventuranza del Evangelio cuando nos abrimos al que sufre, al dolido, al hambriento. Testigos de que aún en nuestras más profundas dudas, y a pesar de los fracasos, se levanta inconmovible la certeza de tu reino.

Por ti, mi Dios, cantando voy la alegría de ser tu testigo, Señor.

(Canto y Fe Nº 275).

 

 

 

David Juan Cirigliano

 

Lucas 24,44-53