Jueves 8 de agosto

 

En esto se desató sobre el lago una tormenta tan fuerte que las olas cubrían la barca. Pero Jesús se había dormido. Entonces sus discípulos fueron a despertarlo, diciéndole: -¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo!

Mateo 8,24-25

El barco, una tormenta tremenda y una persona que duerme plácidamente, me recuerda la historia de Jonás…

Los discípulos que despiertan a Jesús por la tormenta, ¿qué pre-tendían? ¿Qué le pedían? En el fondo, ¿pensaban que si lo bajaban del barco disiparían la tormenta?

En el mar de Galilea las tormentas son muy fuertes, y era normal que quien se embarcaba tuviera que verse en medio de una de ellas.

¿Qué les afectó más a los discípulos de Jesús: la tormenta o que Jesús durmiera tranquilamente como si nada?

Así como en el mar de Galilea las tormentas son comunes, también en la vida -hablando metafóricamente- lo son. En nuestra vida pasa-mos por momentos tranquilos, apacibles, tormentosos. Y esto puede ser de un momento a otro…, y es natural.

Muchas veces vivimos los tiempos apacibles como si eso fuera lo normal, y desesperamos cuando llega la tormenta. Es por eso que nos pasa igual que a los discípulos de Jesús, que se desesperan sintiendo que Jesús ni registra lo que está pasando.

Pero, ¿cómo estar preparados para atravesar las tormentas de la vida? Ejercitarnos en la fe. La única forma de estar fuertes para los tiem-pos difíciles es alimentar nuestra fe, igual que lo hacemos con nuestro cuerpo, para estar en buena forma.

La oración, la participación en una comunidad, el servicio al prójimo en forma personal o en algún grupo nos afianza en nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos y hermanas. Pero también nos per-mite ver que en cualquier momento nos puede tocar a nosotros.

Estela Andersen

Mateo 8,23-27