Jueves 8 de julio

Pablo, según su costumbre, fue a la sinagoga, y cada sábado, durante tres semanas seguidas, discutió con ellos basándose en las Escrituras. Les explicaba que el Mesías tenía que morir, y que después de muerto tenía que resucitar. Les decía: “Este mismo Jesús que yo les anuncio a ustedes, es el Mesías.”

Hechos 17,2-3

Para los judíos en su conjunto, predicar al Cristo como uno que había sido crucificado era escándalo, porque les parecía inconsecuencia total frente al reinado glorioso del Mesías como leían en sus profetas. Mientras no se pudiera hacer que vieran cómo erraban en este detalle al leer los profetas, era imposible convencerlos de que el crucificado Jesús era su Mesías.

El apóstol tenía convicciones muy claras y no se dejó amedrentar por aquellos que no creían, y por los que lo perseguían por su mensaje. Por los que le eran indiferentes o los que lo amenazaban.

Cuando damos testimonio de nuestra fe de diversas maneras en nuestra sociedad, puede ser una primera semilla que estamos sembrando. Otros vendrán y regarán la planta. Posiblemente no veremos el desarrollo del crecimiento. Quizás ni siquiera nos toque ver los frutos. Por eso es importante no decepcionarse ni bajar los brazos. Nosotros creemos que en la vida, muerte y resurrección de Jesús, el Mesías, tenemos un valioso tesoro. Y hay muchos que aún no lo han descubierto.

¡Qué importante es que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio! Ante un pueblo que permanece callado, que no tiene oportunidades de debatir, de exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús. ¿Por qué no reunirnos mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?

Es tiempo de recuperar entre nosotros la frescura original de esa Buena Noticia, capaz de cambiar nuestras vidas y nuestra sociedad.

Mario Bernhardt

Hechos 17,1-15

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