Lunes 10 de diciembre

 

Hasta los pinos y los cedros del Líbano se alegran de tu ruina y dicen: “Desde que tú caíste, nadie ha vuelto a cortarnos”.

Isaías 14,8

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El versículo elegido para la meditación de hoy pone en foco la conexión permanente que se da entre dominación imperialista y explotación económica: los preciados árboles de las regiones dominadas celebran que, con la caída del opresor (vs. 4), su sacrificio en el altar de la acumulación ilimitada de riquezas ha quedado atrás, dando lugar a la alegría y a la paz (vs. 7).

En este tiempo de Adviento el recuerdo de los maderos y pueblos “cortados” por la furiosa codicia de los imperios antiguos, nos conduce necesariamente al pesebre, y con él, al madero de la cruz: todos ellos nos hablan, por un lado, del fruto de la acción de los seres humanos en la historia, de aquello que somos capaces cuando, renegando de la “bajeza” y sencillez de la tierra, entregamos nuestras vidas a la edificación arrogante de nuestras propias “alturas” y “cielos” gloriosos (ver vs. 13-14). A nosotros, que vivimos en una sociedad impulsada por el ansia irrefrenada de consumo, ese recuerdo nos remite a nuestro propio estilo de vida y a la dominación imperial de la minoría de “ultra ricos” que está detrás, los cuales se realizan a costas de un enorme sacrificio del resto de la vida en nuestro planeta, al borde de colapsar.

Por otro lado, su recuerdo nos habla de algo absolutamente distinto, pero igualmente real: de la realización triunfal –a pesar de toda resistencia y negatividad– de la voluntad liberadora y salvífica de Dios en la historia, que derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes. (Lucas 1,52).

Para participar también nosotros de la alegría de la venida de su justicia a nuestro mundo, debemos dejar que el niño del pesebre derribe nuestro propio orgullo, poniéndole límite a nuestra codicia y vanidad. Sólo así –tomando nuestra cruz– podremos reconocer y celebrar activamente la nueva creación de Dios, que ya brota reverdeciendo los páramos arrasados en medio de nuestro mundo viejo.

Daniel Beros

Isaías 14,1-23