Lunes 18 de enero

Le dijeron a Jesús: “Los seguidores de Juan y de los fariseos ayunan mucho y hacen muchas oraciones, pero tus discípulos siempre comen y beben.”

Lucas 5,33

Los escribas y los fariseos cuestionan a Jesús el accionar de los discípulos: ellos comen y beben y, para colmo, nunca ayunan. Si recorremos los evangelios, veremos que no solamente a los discípulos los trataban de glotones y bebedores, inclusive al propio Jesús lo trataron así. Un claro ejemplo es Mateo 11,19: “Luego ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen que es glotón y bebedor, amigo de gente de mala fama y de los que cobran impuestos para Roma.”

Jesús nunca promovió la glotonería ni la borrachera. Pero exhortó a que el ser humano pueda disfrutar del hermoso mundo que Dios nos regaló y del que somos responsables. Cuando Dios creó al mundo vio que todo era bueno. Somos nosotros, seres humanos pecadores, los que distorsionamos todo lo bueno que Dios ha creado. Y esto es justamente el pecado. Todo pecado es una distorsión. Piensen, por ejemplo, en cualquier virtud o cualquier cosa buena y positiva, si la llevan al extremo, se convertirá en un mal. Es algo que los legalistas, los que creen que todo se resuelve con más legalismo, nunca entienden.

Y esta es la reflexión para hoy: Todo legalismo es un reduccionismo y termina siendo soberbia y orgullo. Es más positivo incentivar el aumento de la responsabilidad y el compromiso del ser humano para con Jesucristo que deleitarnos con un legalismo inútil.

Entonces, ¿dónde está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. (Romanos 3,27)

Sergio Schmidt

Lucas 5,33-39

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