Lunes 18 de septiembre

 

 

Dios no es como los mortales: no miente ni cambia de opinión. Cuando él dice una cosa, la realiza. Cuando hace una promesa, la cumple.

Números 23,19

Sucedió hace bastante tiempo. Estábamos celebrando el culto dominical. A través de los cantos, entonados a viva voz y con profundo fervor, habíamos experimentado la majestuosa presencia divina en medio nuestro. Las oraciones, las lecturas bíblicas, el mensaje nos habían llenado de aquella certeza de fe, de que todo y todos estamos guardados en las misericordiosas manos de nuestro Dios y que nada ni nadie puede separarnos de su amor.

Antes de elevar la oración de intercesión, como de costumbre, pregunto si alguien tiene algún motivo específico que quisiera incluir en la oración pública. “Pido que oremos por mi hija. Parece que Dios se ha olvidado de ella. Y por lo visto se ha roto nuestro canal de comunicación con él, pues no nos está respondiendo.” Silencio. Acabábamos de reafirmar, en nuestras almas, que Dios jamás se olvida de nadie. Y, en el fondo, todos estábamos y seguimos estando convencidos de que siempre responde a nuestras oraciones. Pero en ese momento nadie se atrevió a discutirlo. Porque a todos, más de una vez, nos ha tocado, nos toca y nos tocará vivir situaciones que nos superan y que desde nuestra condición de seres humanos nos hacen dudar.

Solidariamente unidos en la fe oramos juntos. Profundamente convencidos de que a pesar y por encima de toda adversidad humana, Dios nos escucha y cumple con su promesa de bendición. Contigo. Conmigo. Con todos.

Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza. (Salmo 23,4)

Annedore Venhaus

Números 23,13-30