Lunes 25 de diciembre

 

 

Navidad

María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente.

Lucas 2,19

María alaba la grandeza del Señor porque reconoce que él ha puesto sus ojos en ella y se llama a sí misma su humilde esclava. Por eso dice que será recordada como dichosa. Porque Dios ha hecho en ella grandes cosas.

María es el cabal ejemplo de la entrega y la consagración absoluta sólo por fe. No reclama para ella ningún mérito y vive todo el prodigio que ocurre con ella y a su alrededor con absoluta convicción de que es obra de Dios que trasciende su comprensión y en la que confía plenamente.

Fue a Belén porque el emperador había decretado el censo, dio a luz en el lugar que encontró, recibió a los pastores que fueron aquella noche diciendo que habían recibido el anuncio del cielo de que quien había nacido allí no sólo era su hijo, sino el Mesías, el Señor. 

No pide explicaciones. Seguramente hay muchos aspectos de esta historia que María no llega a entender totalmente. Calla y escucha. Lo suyo no es la pasiva sumisión de quien carece de voluntad, sino la aceptación confiada y gozosa de quien sabe que por encima de su voluntad y su comprensión está el plan de Dios del que ha sido llamada a ser parte.

La fe que cree antes de entender y que porque cree firmemente hace de su voluntad parte de la voluntad de Dios, preanuncia aquella manifestación de Jesús en Getsemaní: hágase tu voluntad y no la mía, y nuestra afirmación cada vez que oramos el Padrenuestro: hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo. Ése es el precioso testimonio de María, ejemplo para nuestra fe.

Oscar Geymonat

Salmo 97; Isaías 62,6-12; Tito 3,4-7; Lucas 2,(1-7) 8-20; Agenda Evangélica: 1 Juan 3,1–6