Lunes 25 de septiembre

 

 

El viñador le dijo: “Señor, déjala todavía un año más, hasta que yo le afloje la tierra y la abone.”

Lucas 13,8

Vivimos en un “gran almacén” donde se puede comprar de todo. El futuro del almacén depende de la creación de nuevas necesidades que aumenten las ventas y, simultáneamente, del desecho y descarte permanente de útiles y herramientas. Sobre todo en los productos electrónicos, la vida útil de un objeto es muy breve; las nuevas tecnologías demandan nuevos aparatos, con nuevas funciones y es oportuno desechar o poner en un baúl de trastos viejos lo que ya no funciona. “La política del almacén”, orientada fundamentalmente con criterios utilitaristas y de ganancias, se somete a la ley del mercado que programa la obsolescencia de los productos. Esta “práctica de descarte permanente” de productos fuera de serie resulta vital para la subsistencia de la estructura económica que nos “organiza” la vida.

Esta imagen del almacén puede ser trasladada a otros ámbitos de la vida humana. Lo que no produce no vale, lo viejo se tira. Las relaciones entabladas con las personas no están ajenas a esta práctica de descarte recíproco. Mientras mi relación me otorgue beneficios seguiré manteniéndola, más con un criterio utilitarista que humano. Sin embargo, la casi ausencia de relaciones profundas genera una insatisfacción permanente que busca llenar los agujeros con nuevas cosas y experiencias, haciendo lugar, por ejemplo, a conductas adictivas de todo tipo.

Dios no descarta: persevera, busca, llama, le pone el cuerpo, el corazón, el espíritu a la relación con nosotros. Su fin es la bendición, su motor: un amor inextinguible, su paciencia: grandiosa. Dios promueve relaciones a largo plazo que superen las decepciones por los frutos esperados y no encontrados. Tolerancia a la frustración cimentada en un interés genuino. ¡Así es Dios, y quienes lo seguimos debemos intentarlo también!

Juan Carlos Wagner

Lucas 13,6-9