Lunes 27 de julio

Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Yavé de ti, solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.

Miqueas 6,8

Simple, y sin embargo lo complicamos… El evangelio de Mateo, preocupado por hacer entender a los judíos quién es Cristo y qué pasa con la Ley, nos ayuda a guiarnos a entender las palabras del profeta. Leamos Mateo y veremos que nos invita a ser sal y luz del mundo para que así alumbre vuestra luz delante de las personas y se vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mateo 5,13ss). Recomienda que hagamos tesoros en el cielo (Mateo 19,20). Es la fe lo que salva (Mateo 9,21-22) y nos invita a dejar nuestras cargas en la cruz (Mateo 11,28) y salir victoriosos en llevar libre, ligera, la vida terrenal para accionar como lo hace Jesús, quien pone exactamente lo mismo en estas palabras cuando dijo: Misericordia quiero, no sacrificio. (Mateo 9,13 y 12,7).

Lo que realmente Dios no quiere es que seamos aquellos que lo honramos solo de labios, cuando nuestro corazón está lejos. Está claro entonces que el mal no lo hacemos por comer o beber con manos sucias, sino por lo que está y sale como mal de nuestro corazón (Mateo 15,19-20). Dios acepta y le gusta nuestra oración personal, recomendándonos entrar y cerrar la puerta de nuestra habitación para orar solos, pero en realidad, la verdadera oración que alegra al Padre es cuando se reúnen en su nombre. Allí Dios promete y se hace siempre presente en medio de la comunión, aunque sean solo dos o tres (Mateo 18,20). Sí, y para que se entienda aún mejor, aclara que los mandamientos, es decir la Ley, se resume en dos actitudes, en dos actos: amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22,36-40). El juicio final, justamente, se basa en lo que hicimos en actos de amor o no a uno de los más necesitados.

Ven te invito a cantar al señor. Ven te invito a deleitarte en él. Ven te invito a cantar al señor con toda tu voz, con todo tu amor. Suenen violines, toquen trompetas, alzad las voces ¡Alabad a Dios! Hombres y mujeres, niños y ancianos, todos muy alegres ¡Alabad a Dios! (Canto y Fe Nº 171)

Aurelia Schöller