Lunes 28 de agosto

 

 

Diles a Aarón y a sus hijos que cuando bendigan a los israelitas lo hagan de esta manera:

“Que el Señor te bendiga y te proteja;
que el Señor te mire con agrado y te muestre su bondad;
que el Señor te mire con amor y te conceda la paz.”

Números 6,23-26

La “bendición Aarónica”, como se la llamó, hoy ya tiene 3200 años, o sea que es de 1200 años antes de Cristo.

¿Qué es, en resumen? Es un regalo de Dios que él nos encargó usar en su nombre.

Eso significa que él mismo está asegurando a una persona que la acompañará en todo momento, participando de su vida. Y lo precioso es que nos encarga a nosotros, los que le pertenecemos, decírselo en representación de Dios mismo.

Es verdad, entonces, que cuando pronunciamos una bendición, como ésta, Dios está hablando por medio de nosotros. Esta bendición no es una expresión de deseo; es una afirmación de Dios.

Muchas veces me tocó bendecir a novios, a los participantes en los cultos, bautismos y confirmaciones y también a los que lloraban un ser querido que partió. Y me agradecían por haber pronunciado una bendición en visitas domiciliarias o junto a enfermos.

Tantas veces las preocupaciones, el dolor o las lágrimas dejaron lugar a un rayito de luz que transmitía la alegría por haberse dado cuenta de la presencia de Dios mismo en sus palabras.

Dios siempre quiso que supiéramos que él está a nuestro lado; antes, por medio de los sacerdotes y hoy por medio de nosotros, sus hijos, con esa bendición y con el testimonio personal. Por eso dijo Jesucristo: Cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, hasta en las partes más lejanas de la tierra. (Hechos 1,8).

Benditos los que dejan de lado la vergüenza, el temor y las inhibiciones de confesar su fidelidad a Dios, para que Dios mismo hable por sus bocas a todos los que necesitan escuchar su voz.

Winfried Kaufmann

Números 6,22-27