Lunes 29 de julio

 

Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia y todas están cosas les serán añadidas.

Mateo 6,33

El horizonte marca el límite de nuestra visión, es algo natural. Esto significa que no podemos ver, ni organizar todo, ni sentir todo. Somos seres humanos, por tanto limitados y falibles, aunque muchas veces ju-gamos a lo contrario, a ser como dioses, a poder discernir claramente lo bueno y lo malo, intentando imponer nuestra mirada sobre la de los demás. Nos sucede lo que dice Jesús: nos pasamos inquietos por lo que vamos a comer, a vestirnos, por nuestras propias seguridades, y luchamos denodadamente por nuestros beneficios. Esto se percibe mejor cuando llega el tiempo de las contiendas electorales y cada fuerza política despliega la parte “sana” de su plataforma y esconde la que no suma votos conforme al sector al que quiere seducir. Existe cada vez más un diseño de campaña a medida, no dictada por lo que es bueno sino por lo que conviene en términos de votos. Nosotros mismos nos dejamos engañar por programas que prometen, con un tinte religioso, el bienestar social. También las porciones políticas tienen sus propios horizontes limitados y falibles. En general, las sociedades, de acuerdo con nuestras propias conductas forjamos a nuestros gobernantes y el reparto electoral obedece a esas conductas. Aún resta en nosotros una falsa expectativa mesiánica cuando pensamos que un partido político puede conducirnos a la tierra prometida. La salida es ampliar el horizonte y no renunciar a lo que es de bendición para todas, para todos. Cuando nos enfocamos en el reino de Dios que supera los proyectos humanos estamos trabajando por la verdadera paz, que es fruto de la justicia, la sensibilidad, la sobriedad y la fe. Cualquier proyecto de salvación económica nos pone a merced de efectos perversos, por eso debemos ir más allá de lo económico que es siempre parcial, aunque nos parezca lo más importante.

Sálvame, oh Dios, de mis horizontes egoístas, condúceme a la visión de tu reino y su justicia. Amén.

Juan Carlos Wagner

Mateo 6,25-34

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