Martes 10 de agosto

Además ofreció sacrificios y quemó incienso en los santuarios en lugares altos, en las colinas y bajo todo árbol frondoso.

2 Reyes 16,4

Me encuentro pensando sobre cuán diferente es el concepto de sacrificio entre nosotros. Cuando en realidad es muy sencillo: hubo uno solo que hizo un real sacrificio y lo hizo para que ninguno de nosotros tenga que sacrificarse nunca más, y mucho menos para alcanzar el perdón o la salvación. Y ese alguien fue Jesús. Murió en la cruz y resucitó. No hay mayor sacrificio que ese.

Sin embargo están quienes insisten que es necesario hacer sacrificios económicos para alcanzar la salvación económica o el perdón. O acaso el cielo. Pero cuánto más felices viviríamos si realmente comprendiéramos que la salvación ya se nos otorgó. Mediante la fe, algo que no tiene precio y está al alcance de todo aquel que quiera darle lugar en su vida. Haríamos mucho mejor uso de nuestro tiempo, recuperaríamos vínculos, apreciaríamos las pequeñas alegrías que nos rodean en lugar de dejarlas pasar de largo. Busco contagiar a quien quiera con la idea de que no todo lo que nos hace feliz tiene que tener un precio. Y que amar a quien nos rodea nos lleva mucho más lejos de lo que creemos.

Cierro con Proverbios 21,3: “Al Señor le agrada más cuando hacemos lo que es correcto y justo que cuando le ofrecemos sacrificios.”

Que podamos entonces hacer lo que es correcto y justo, ser agradecidos por el sacrificio que Jesús hizo por nosotros y vivir guiados por esta fe que nos fue regalada. Amén.

Clara Meierhold

Reyes 16,1-16

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