Martes 11 de diciembre

 

En ese día Israel se colocará a la par con Egipto y Asiria, y será una bendición en medio de la tierra. El Señor todopoderoso los bendecirá, diciendo: “Yo bendigo a Egipto, mi pueblo, a Asiria, obra de mis manos, y a Israel, mi propiedad”.

Isaías 19,24-25

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Una característica propia de nuestro comportamiento como seres humanos, tanto personal como colectivo, es nuestro permanente recurso a las clasificaciones: allí están, claramente identificados y como petrificados, los “buenos” y los “malos”, los “honestos” y los “chorros”, los “salvos” y los “réprobos”…

Esa compulsión al juicio clasificador y etiquetador es profundamente cuestionada por la palabra de Dios que escuchamos hoy: Dios bendice a “Egipto” y a “Asiria”, es decir a las naciones que encarnan a los “archi-enemigos” del pueblo de Dios, llamándolos ahora “mi pueblo” y “obra de mis manos”. Así, el sorprendente obrar y el juzgar de Dios desbarata nuestra compulsión a juzgar y clasificar, clausurando violentamente lo que la fidelidad de Dios quiere dejar abierto a las posibilidades de su amor, que trasciende nuestra comprensión y parámetros de aquello que “merece” ser amado.

Es por eso que Martín Lutero, interpretando el amor de Dios que se revela a la fe que aprende a reconocerlo escondido en el pesebre y en la cruz, afirmó que “el amor de Dios no encuentra, sino crea aquello que le place; el amor del hombre se origina por su objeto”. En Jesucristo, Dios mostró su amor a aquello que, según las clasificaciones humanas, sólo merece desprecio y condena.

Para participar también nosotros hoy de la alegría del adviento de su amor a nuestro mundo, debemos dejar que el niño del pesebre derribe nuestros juicios y prejuicios, acogiendo en la fe el juicio pronunciado por Dios, que bendice a aquellos que nosotros normalmente maldecimos y que acoge como su pueblo a aquellos de quienes solemos apartarnos.

Daniel Beros

Isaías 19,16-25