Martes 12 de enero

Al amanecer, Jesús salió fuera de la ciudad, a un lugar solitario. Pero la gente lo buscó, y llegaron a donde él estaba. Querían detenerlo, para que no se fuera, pero Jesús les dijo: “También tengo que anunciar la buena noticia del reino de Dios a los otros pueblos, porque para esto fui enviado.”

Lucas 4,42-43

Jesús buscó, parece, un poco de soledad. Habían sido jornadas intensas, tanto desde lo físico como de lo emocional. Qué mejor que salir un poco del ruido y buscar el silencio.

Ante esto resulta comprensible la búsqueda por parte de la gente. Habían sido testigos de su poder. ¿Cómo no pedirle que se quedara con ellos? Quisiéramos detener a Jesús con nosotros.

Pero Jesús no es propiedad exclusiva de nadie. Ni está sujeto a nuestros propios programas. Tampoco es un líder cómodo, que “sienta cabeza”, que se acomoda allí donde están todos los beneficios. Su misión y su camino van por otro lado. Debe seguir adelante con la tarea para la que fue enviado: anunciar la buena noticia del reino de Dios.

Sin embargo, no hemos de sentirnos solos. No debemos olvidar que Jesús está presente en medio nuestro, cada día, en cada lugar, siempre. Allí donde dos o tres se reúnan en su nombre; allí donde se comparte la vida, con sus alegrías y sus sinsabores; en los rostros de tantos y tantas que necesitan de su palabra. Al costado del camino. Junto a aquellos que persisten en la lucha por un mundo más justo y solidario.

Sergio Utz

Lucas 4,38-44

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