Martes 17 de enero

Hay que echar el vino nuevo en cueros nuevos.

Lucas 5,38

 

Recuerdo la última vez que estuve en la casa de un gran amigo que vive en la ciudad de Charlotte. Era su cumpleaños. Charlando y compartiendo una copa de vino me mostró una botella de vino reserva que hacía añares que la tenía guardada. Pertenecía, según me comentó, a su padre. La estaba guardando para una ocasión muy especial. “Siempre me pregunto -me dijo- qué sabor tiene, dado que hace tanto que se está añejando”.

El añejamiento del vino se da solamente mientras está en las grandes cubas de roble, en la bodega donde se produce. Una vez que se hubo envasado, dicho proceso de añejamiento se detiene por completo. Ya en su respectiva botella, la calidad del vino no puede en absoluto ser mejorada por el paso del tiempo. Envasado, nunca el paso del tiempo mejora su calidad.

En el Nuevo Testamento, el vino nuevo es la nueva alianza de Dios en Jesucristo. El vino nuevo, el vino que se está fermentando, necesita cueros nuevos, porque se necesita elasticidad. En otras palabras: la Iglesia es llamada a ser flexiblemente fiel a Jesucristo en su testimonio. Se necesita flexibilidad para adaptar con fidelidad el mensaje del Evangelio acorde al contexto donde se predica.

La presencia del Jesús Resucitado en el mundo es el vino nuevo que está siendo madurado. En la consumación del reino de Dios que esperamos, ¡éste será el mejor vino que hemos bebido jamás!

Les digo que no volveré a beber de este producto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre. (Mateo 26,29)

 

Sergio A. Schmidt

 

Lucas 5,33-39