Martes 17 de octubre

 

 

Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de los que cobran impuestos para Roma.

Lucas 18,10

Autenticidad: como ayer, también este texto nos invita a reflexionar sobre la oración.

¿Cómo oramos cuando oramos? ¿Qué le decimos o pedimos a Dios cuando nos dirigimos a él en calidad de tristes pecadores?

El fariseo, en realidad, no fue al templo a orar. Fue a informarle a Dios lo bueno que era, porque ayunaba (incluso más de lo exigido), diezmaba y, además, por suerte no era como los demás: ladrones y adúlteros. Pero arruina su acción de gracias por su soberbia, su altanería, sus aires de superioridad, su arrogante comparación, su desprecio hacia los “pecadores”. Sólo por eso su testimonio no es creíble ni aceptable. Y también por eso no sale justificado.

El cobrador de impuestos, en cambio, tiene un comportamiento totalmente opuesto. No habla de sí mismo, no tiene nada de qué vanagloriarse, no se jacta de sus méritos, se sabe pecador y sabe también que sólo depende de la misericordia y del amor de Dios. Es decir, es auténtico.

Por eso su súplica llega alto, llega hasta Dios, que acepta su confesión y lo absuelve. Lo perdona, lo reconcilia, le da una nueva oportunidad.

¿Cómo oramos cuando oramos?

Que nuestra oración sea sencilla y, al mismo tiempo, profunda y sentida. Que nuestra oración sea humilde como para reconocer que sólo dependemos de la gracia de Dios.

Y, sobre todo, que sea auténtica, porque Dios no mira las apariencias, sino la intención de nuestro corazón.

“Siempre que oras de verdad tu oración es eficaz, no porque tú lo cambias a Dios, sino porque cambias tú.” (René Trossero)                                 

Stella Maris Frizs

Lucas 18,9-17