Martes 2 de julio

 

Hermanos muy queridos, no se equivoquen: son las cosas buenas y los dones perfectos los que proceden de lo alto y descienden del Padre que es luz; allí no retornan las noches ni pasan las sombras.

Santiago 1,16-17

Deteniéndome a reflexionar más profundamente sobre las cargas que debemos llevar cotidianamente, y las pruebas que se nos imponen a lo largo de nuestras vidas, pienso que no debemos reducirlas sólo al peso de las mismas que a veces nos puede parecer excesivo e “injusto” para nuestras espaldas, sino estableciendo la existencia de una relación estrecha entre estas dificultades y la presencia de Dios en nuestro día a día.

Siento que además de mantener nuestra fe, poniendo nuestro corazón en la vida después de nuestro paso por esta tierra, Dios camina a nuestro lado, acompañando, aliviando la carga. Pienso que, si su presencia no fuese tal, nuestras vidas serían atravesadas por las sombras constantemente, sin posibilidad de sobrellevar la tormenta, sin poder superar los obstáculos que se nos presentan.

La luz, la perfección, el amor, provienen del Padre. Por su presencia es que la nube gris que nos azota logra correrse y podemos disfrutar nuevamente de la claridad.

Es por esto que las pruebas pueden pensarse como posibilidades que se nos presentan en nuestra vida. Posibilidades de sentir la cercanía y la existencia de Dios, posibilidades de valorar la luz que desciende, posibilidad de sentir que hay una fuerza que nos guía, nos cuida, nos contiene y no nos deja rendirnos.

María Teresa Rolón

Santiago 1,13-18