Martes 24 de enero

 

 

Cada árbol se conoce por su fruto.

Lucas 6,44

 

El profesor de Oratoria del colegio nos explicó todos los pasos, desde el punto de vista teórico, que debe tener la preparación para una exposición. Me surgió una duda que, por tímido, pregunté recién al final de la clase, cuando ya nadie estaba en el aula. Pregunté: ¿qué pasa si tengo un “mal” texto y un “buen” texto; un “buen” orador y un “mal” orador?  Su respuesta fue que el buen orador, puede presentar un “mal” texto y que llegará bien. También nos dijo que el texto no es el tema primordial, sino el orador. Un buen orador puede hablar sobre un accidente automovilístico y su mensaje llegar bien.

El texto de Lucas, por consiguiente, no se da en el caso de una oratoria. Como texto difícil, entiendo yo, es tener que preparar un sermón sobre la violación de un bebé. El orador puede dar un mensaje muy fuerte según tenga o no la predisposición de dejar que la fe guíe sus palabras.

Como ejemplo contrario, pongamos como tema el amor de Dios. ¡Qué difícil es cuando no puedo dejar en la retina de los presentes, en el culto, mi mensaje sobre este tema! El orador que deja fluir en este tema su preocupación sobre sus problemas personales, no podrá permitir que la “fe” guíe sus palabras dentro de la comunidad. Estará hablando sin darle cuerpo a los párrafos de aquello que ha preparado para comunicar.

Oro porque en nuestras comunidades los sermones lleguen al alma de los oyentes. Que la palabra quede viva en nosotros. Que todos podamos sentir esa entrega del Hijo de Dios.

 

Jürgen Holst

 

Lucas 6,43-49