Martes 28 de agosto

 

 

Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se perfecciona en nosotros.

1 Juan 4,12

Que el hombre no separe lo que Dios ha unido es una frase bíblica que se aplica fundamentalmente en algunas liturgias tradicionales, exhortando a los matrimonios a permanecer en fidelidad a lo largo del tiempo. El matrimonio es una alianza que se apoya en el sólido fundamento del amor o no existe alianza posible. El amor de pareja es una expresión privilegiada del amor al hermano, a la hermana en todas sus dimensiones. Sin embargo, tanto en las relaciones de pareja como fuera de ella tendemos a separar lo que Dios ha unido. Dios ha unido cuerpo, mente y espíritu, Dios ha unido vida interior y exterior, cielo y tierra, razón y corazón, oración y acción, vida de fe y testimonio en el mundo… Dios ha unido irreversiblemente el brazo vertical de la fe y el brazo horizontal, el amor a Dios y el amor al hermano y aun a toda la creación. El rostro de Dios se hace realidad cuando el amor circula entre las personas, porque Dios es amor, y la plenitud de su amor se nos ha ofrecido de muchas maneras, su amor ha permanecido constante y ha alcanzado su máxima expresión en el don pleno de Jesucristo. Permanecer en Dios es permanecer en el amor, no como algo estático o definitivo, sino como algo que se va completando, perfeccionando. La fe es en definitiva un aprendizaje que demanda crecer en el amor. Esta búsqueda de amar más y mejor, de extender las fronteras del amor, es la señal elocuente de nuestra fe, que nos permite superar también nuestros errores y actitudes egoístas. Permanecer en Dios es animarnos a ir por más, a trabajar la aceptación de los hermanos tal como son y brindar un testimonio que mantenga unido lo que Dios ha unido primero, para ser una señal de comunión en un mundo partido por las injusticias, por las luchas fratricidas, por el abuso y la cosificación de la creación y de lo humano.

¡Que Dios nos ayude!

Juan Carlos Wagner

1 Juan 4,7-21