Martes 28 de mayo

 

El espíritu del Señor ha hablado por mí; ha usado mi lengua para comunicar su palabra.

2 Samuel 23,2

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Las palabras tienen poder… ¡Y mucho! Bastan una o pocas palabras para bendecir o maldecir. No necesitamos mover demasiado la lengua para dignificar o destruir la vida de otra persona.

El versículo que compartimos hoy es parte de las últimas palabras de David. Un texto en que se habla del Espíritu del Señor y de su palabra, donde se realza la justicia y el temor de Dios; donde se destaca la luz del nuevo amanecer y la lluvia que trae vida.

¿Qué palabras pronuncian nuestros labios? ¿Se ve reflejada la presencia del Espíritu de Dios en nuestros diálogos y nuestras actitudes co-tidianas?

En tiempos en que sobreabunda la injusticia, y el temor de Dios pareciera sonar antiguo y desconocido para una gran mayoría, somos llama-dos a preguntarnos una y otra vez ¿qué muestran de nosotros mismos nuestros dichos y acciones cada día?

¿Permitimos que el Espíritu del Señor nos use como medio para hacer conocer su voluntad? ¿Dejamos que nuestros labios se muevan al compás de su amor y compasión?

En medio de tanta oscuridad, ¿permitimos que ese Espíritu nos ilumine para así también regalar luz a los demás?

Mientras escribo esta meditación, contemplo por la ventana una permanente llovizna que hace que toda la naturaleza que observo tome un color más intenso. Es que esa lluvia renueva y trae vida.

Las cristianas y cristianos somos invitados a anunciar la vida plena, la luz que no tiene fin y a percibir la presencia del Espíritu Santo como esa llovizna suave que hace reverdecer lo que busca opacarse y que renueva la esperanza de que bajo su protección todo es posible.

Espíritu de Dios, llena mi vida, Espíritu de Dios, llena mi ser. Espíritu de Dios, nunca me dejes, yo quiero más y más de tu poder. (Canto y Fe Nº 76)

Que ese Espíritu nos cobije por siempre para que seamos sus mensa-jeros en todo tiempo y lugar. Amén.

Carlos Abel Brauer

2 Samuel 23,1-7