Martes 30 de abril

 

La fe que tienes, debes tenerla tú mismo delante de Dios. ¡Dichoso aquel que usa de su libertad sin cargos de conciencia!

Romanos 14,22

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En cierta ocasión cuando estaba en la escuela primaria murmuré un insulto contra la maestra, la cual se hallaba detrás de mí y me escuchó. Ese día le conté a mi mamá lo que había sucedido y uno o dos días después la maestra me llamó para hablar conmigo sobre el episodio. Me preguntó qué me parecía si ella le contaba a mi madre lo que yo había hecho. Creo que no contesté en ese momento, pero después en casa mi mamá me dijo “¿Por qué no le dijiste que ya me lo habías contado vos?”

Esta pequeña trama de culpas y confesiones hace pensar ante quién debemos responder, qué juicio debe preocuparnos. La respuesta está en el versículo citado. Sin descartar el apoyo de la comunidad, hay que intentar estar personalmente en paz con Dios, con la confesión, con la fe y con su perdón. Él ya está en paz con nosotros, como escuché en un comentario de un estudio bíblico: “Dios no se pone nervioso si las cosas andan mal en este mundo”. Asimismo, hoy pienso que ni la maestra ni mi madre deben haber dado demasiada importancia a mi arranque de irrespetuosidad, pero ambas pensaron que yo tenía que saber qué estaba bien y qué estaba mal, y recuperar la buena relación con ellas. “Que Dios me juzgue” o “Que la historia me juzgue” dicen algunos después de tomar decisiones supuestamente importantes. Nosotros tenemos este versículo para inspirarnos para nuestras actitudes de todos los días.

Tomás Tetzlaff

 

Romanos 14,13-23