Martes 4 de diciembre

 

En él confío plenamente, en él he puesto mi esperanza.

Isaías 8,17

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Hay muchas ocasiones en la vida en las que confiar en el Señor supone ir contracorriente, salirse de aquello que es comúnmente aceptado. Eso supone que nos pueden mirar como a bichos raros, o como si no fuéramos de este mundo.

En cierto modo los cristianos, al fiarnos plenamente del Señor, sí somos un poco bichos raros. Nuestro mundo no está acostumbrado a un buen apretón de manos como señal de un pacto, y exige garantías y certificados de todo y por todo.

Por eso, fiarse del Señor, fiarse simplemente es un gesto que asusta al mundo. Hay veces que empleamos mucho tiempo en pensar cómo evangelizar, cómo hacer llegar la palabra de Dios a personas que no lo conocen o que lo conocen mal. Fiarse. Simplemente mostrar confianza en él es una forma sencilla pero elocuente a la vez de decir cómo es Dios, cómo sus brazos están siempre abiertos, cómo nosotros nos fiamos de sus promesas, en definitiva, nos fiamos de él. Nuestra esperanza está íntimamente ligada a la confianza en Dios Padre de todo y de todos.

Padre, me pongo en tus manos.

Haz de mí lo que quieras.

Sea lo que fuere,

te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,

con tal de que tu voluntad se cumpla en mí

y en todas las criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi vida, te la doy

con todo el amor de que soy capaz.

Porque te amo y necesito darme,

ponerme en tus manos,

sin límite, sin medida,

con total confianza, porque tú eres mi Padre.

(Charles de Foucauld)

 

Cristina Inogés Sanz

Isaías 8,16-23