Martes 7 de noviembre

 

 

No ha de suceder lo que habéis pensado. Porque vosotros decís: “Seamos como las naciones, como las demás familias de la tierra, que sirven al palo y a la piedra.”

Ezequiel 20,23

Este “servir” sería más comprensible para nosotros si dijéramos “adorar”. El servicio de las demás naciones es un servicio litúrgico, es cumplir servicio en el lugar de adoración a aquellos dioses. Un servicio que no era individual, sino todo lo contrario, toda la familia estaba al servicio de ese dios…

Pero, ¿qué nos lleva a poner nuestra esperanza en el “palo” o en la “piedra”? ¿Será nuestra necesidad de respuestas rápidas? ¿O quizás nuestra búsqueda de una solución mágica? El Dios de los cristianos, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob… se presenta a sí mismo diciendo: “Yo Soy el que está siendo” (Éxodo 3,14), es decir: un Dios en movimiento, inasible, presente, pero no domesticable. No puedo yo decirle qué hacer, ni puedo encerrarlo en un objeto, Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, no porque nosotros queremos, sino porque él nos ha elegido.

Así las cosas, la pregunta es ¿cuál es nuestro palo? ¿Cuál es nuestra piedra? ¿Dónde hemos puesto nuestra “riqueza”?, como dice Lucas: “donde esté la riqueza de ustedes, allí estará también su corazón” (Lucas 12,34). Que Dios, viviente y siempre siendo en medio de nosotros, nos sostenga cada día como lo ha hecho hasta hoy, para no distraernos con piedras y palos que finalmente no significan nada para nosotros. 

Nos pueden despojar
de bienes, nombre, hogar,
el cuerpo destruir,
mas siempre ha de existir
de Dios el reino eterno
.  (Canto y Fe Nº 262)

Peter Rochón

Ezequiel 20,30-44