Miércoles 1 de mayo

 

Tampoco Cristo buscó agradarse a sí mismo; al contrario, en él se cumplió lo que dice la Escritura: “Las ofensas de los que te insultaban cayeron sobre mí.”

Romanos 15,3

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¿Es cierto que la Biblia nos enseña a ser buenas personas y que no hay mucho más que eso en el cristianismo? Seguramente no lo veremos así si notamos que la Biblia tiene palabras para distintas situaciones y para distintos estados de ánimo. En las Escrituras la preocupación que aprendemos a sentir por los demás aparece de una manera especial. Se trata de no mirarse sólo a uno mismo sino a la comunidad y también a los más necesitados fuera de nuestra comunidad. Se agrega el concepto de culpa y pecado, palabras que en muchas teorías para vivir mejor nunca aparecen. La Biblia muestra más bien la imposibilidad de ser buenas personas. El fragmento de la carta a los Romanos que ahora nos ocupa, y en particular el versículo citado, me parece importante porque aborda uno de estos aspectos muy especiales del mensaje del Nuevo Testamento: no agradarse a sí mismo. Esto es bastante distinto a la idea de poner la autoestima en primer lugar, y muy distinto a “Tú puedes conseguir cualquier cosa en este mundo”. Creo que no es necesario que nos agrademos demasiado a nosotros mismos si tenemos la convicción de que le agradamos a Dios. Quien se agrada mucho a sí mismo, por sus méritos, por sus logros o por su nivel social, es posible que no tenga lugar para una relación con Dios.

Aprendemos de este fragmento que es posible no agradarse ni creerse muy buena persona, pero igualmente sentirse en paz con Dios y amado por él.

Tomás Tetzlaff

 

Romanos 15,1-6