Miércoles 11 de abril

 

 

No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, recordándolos en mis oraciones.

Efesios 1,16

La vida comunitaria es tan necesaria a nuestra fe en acción como el agua o el aire para la vida. Sin la comunidad nuestra fe sería solamente una religiosidad encerrada y sin incidencia.

Ser comunidad es más que firmar muchos la misma confesión de fe o sentarse en el mismo banco del templo al lado de alguien que no conocemos. Ser comunidad es vivir en un mismo espíritu, y esto promueve la solidaridad, la preocupación de unos por otros, la alegría con los logros ajenos, el dolor que no ocurre en nosotros pero se vuelve nuestro. La comunidad hace posible que la fe se materialice en expresiones de servicio. A la comunidad reunida y orante en Jerusalén, el Espíritu Santo se manifiesta y envía. Porque ser comunidad es tener eso en común.

Sí, sabemos también que la comunidad es un lugar en el que se generan y se resuelven -bien o mal-, muchos conflictos. Buscando evitarlos muchas personas optan por no participar, por vivir solitariamente su fe aunque se empobrezca y apoque.

Pablo da gracias por la comunidad. Reconoce en ella el espacio en que su fe se vuelve acción y la agradece, aunque no ignora los conflictos que la envuelven. Basta leer algunas otras cartas para encontrar expresiones de un enojo ostensible contenido por el amor que nace del Espíritu que los hermana.

Miremos a nuestras comunidades y también agradezcamos por los hermanos y hermanas que las forman. En ellos tenemos la posibilidad de vivir el amor fraterno que no evita los conflictos pero que sí los supera y en ellos también crecemos y nos fortalecemos.

Oscar Geymonat

Efesios 1,15-23