Miércoles 11 de enero

 

 

Jesús les dijo: Es preciso que anuncie también a los demás pueblos las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado.

Lucas 4,43

Algunas veces, no pocas, caemos en la tentación de ser o de creernos ser los únicos dueños de la verdad. Los evangélicos, los protestantes, los cristianos reformados, los que defendemos la  verdad de la Escritura y que entendemos cómo es que hay que servir a Dios. ¿Qué necesidad tenemos de abrirnos al diálogo con los que andan todavía en la supuesta oscuridad?

Parecemos los fariseos, esos a los que tanto criticó Jesús por asumirse a sí mismos como depositarios de la verdadera religión, por dejar afuera a los que no eran como ellos, santos, puros, sabios, elegidos por Dios.

Yo tengo la verdad de la Biblia, yo creo en el Dios verdadero, estamos bien con el Padre y practicamos la religión que a él más le gusta y le agrada. Todo esto, muchas veces, nos hace descansar en nuestro lugar de comodidad, en ese ámbito tan propicio para nuestra autosatisfacción que nos convence de que ya no tenemos nada que aprender ni compartir.

Cuando pensamos así, somos señalados por Jesús por nuestra soberbia. La fe en el Dios del amor debe abrirnos a nuestros hermanos con la misma humildad con la que Cristo se entregó a sí mismo, por amor.

Animémonos a salir de nuestra comodidad cultural, seamos capaces de abrirnos a otros, de interactuar. Jesús llevó su palabra a todas las naciones. Seamos humildes instrumentos de esta misión irrenunciable

Fuimos depositarios de un valioso tesoro, vayamos a compartirlo.

Aníbal Barengo

Lucas 4,38-44