Miércoles 11 de marzo

 

Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le respondió: “Maestro, quiero recobrar la vista.”

Marcos 10,51 En este relato me gusta que Jesús primero le pregunta al ciego

Bartimeo qué es lo que él mismo quiere.

A veces también sucede al revés: personas bienintencionadas ya saben de antemano qué es lo que requieren los necesitados. Pero así la persona sólo llega a ser objeto de la ayuda.

Para Jesús el ciego no es en primer lugar un ciego, sino un ser humano. Antes de realizar alguna acción Jesús entra en contacto con él, habla con él, de persona a persona. Se crea una relación. Antes de restituírsele la visión el ciego ya es tomado en serio, ya se lo mira. Y antes de poder ver con los ojos él ya ve con el corazón. Siente y ve que de Jesús le llega ayuda y salud. Más que en todos los otros confía en esta persona que les presta atención a lo pobres y enfermos y no pasa de largo sin darles importancia.

Me imagino lo que le pasa a Bartimeo cuando de repente puede ver. Ese primer instante. Tal vez ve muchas cosas de otra manera que aquellos cuyos ojos ya se han acostumbrado a todo. Quizá llore por la violencia y la pobreza que ve. O se regocija de los magníficos colores de las flores. Lo que ve le llena el corazón.

Dios, te pido: abre nuestros ojos para con el mundo en el que vivimos.

Abre nuestros oídos a tu palabra, la que hablas a nosotros en este mundo.

Abre nuestros corazones para que nos dejemos tocar y no permanezcamos insensibles.

Abre nuestro entendimiento para que reconozcamos dónde y cómo debemos actuar.

Abre nuestra boca para que encontremos las palabras justas y el coraje de pronunciarlas abiertamente. Amén.

Heike Koch

Marcos 10,46-52